Si estás leyendo estás líneas, bienvenido/a a mi historia.

Era una noche cualquiera de verano, en un lugar cualquiera del mundo, pero no con cualquier persona, eran mis amigos. Deseábamos que llegara esa fecha para disfrutar la mejor fiesta del año. No era su gran organización lo que la hacía tan especial, ni la playa como escenario, ni siquiera el agosto de fondo. Mis amigos estaban allí y sería el final del principio. Nos íbamos a la universidad y, cuando nos volviéramos a ver, cuatro meses después, todo habría cambiado: nuestra forma de vestir, de actuar, e incluso nuestra manera de pensar… pero la mirada, eso nunca cambiaría.

Pues bien, entre canción y canción, con unas copas de más, y bajo las estrellas, que aquella noche brillaban especialmente, me senté en la orilla junto a dos de mis mejores amigos. Todo era perfecto porque me sentía en casa. Ellos eran mi hogar.

Reímos las anécdotas que vivimos cuando éramos pequeños, lo que nos acercaba más el uno al otro.

Recordamos lo que disfrutamos, los días en el colegio, los atardeceres en la playa y los amaneceres de cumpleaños… nuestros corazones se abrazaban en aquel momento.

Me susurraron secretos que solo unos pocos afortunados sabíamos… nuestros cuerpos parecían estar cada vez más cerca, y sus manos, muy decididas, empezaban a incomodar las fronteras de mi cuerpo.

Confesaron la debilidad y curiosidad que alguna vez les suscitó nuestra amistad y entonces… dentro. Dentro de mí, en contra de mi voluntad.

En ese momento, el mundo se paró y todavía a día de hoy, soy incapaz de determinar cuánto tiempo estuve ahogada en mis propias lágrimas. Lo que sí sé con seguridad es que esos dos seres no solo se llevaron consigo mi intimidad, sino que me arrancaron de cuajo el amor propio y mis ganas de vivir. Me dejaron sin fuerzas. Marcaron sus huellas en mi cuerpo, y las hicieron impermeables, porque ya no hay momento en el que me frote con la esponja y no sienta su cuerpo dentro de mí, perturbando la poca paz que me quedaba.

Aún recuerdo perfectamente la frase del enfermero de la ambulancia cuando vinieron a recogerme… “No debiste haber bebido”. En ese momento, la culpabilidad que ya sentía se multiplicó por mil, ahogándome para el resto de los meses. Una larga lista de reproches se me agolpaba en la cabeza y me martilleaba… “¿Por qué salí? ¿Y si no me hubiera vestido así? ¿Por qué me quedé sola con ellos (‘mis amigos’)? ¿Fue mi actitud la que llevó a confusión?”… En resumidas, la víctima ahora se convertía en la culpable de un juicio que jamás acabaría. La culpabilidad era mi condena y el silencio mi tortura. Era incapaz de denunciarlo por miedo.

No se consiguieron llevar mi cuerpo, fue lo único que dejaron. Sin embargo, se llevaron la persona que yo era antes: una mujer segura de sí misma, sin miedo a lo que se interpusiera en su camino, con coraje, valiente y ansiosa por comerse el mundo.

Ahora, sin embargo, soy más fuerte y mejor. Ahora soy una mujer invencible, porque una vez tocas fondo, solo queda subir. Ahora lucho por mí, por el respeto y la dignidad humana. Lucho y vivo por ELLAS.

Estas palabras van dirigidas a todas las mujeres: no tengáis miedo, salid a la calle con la cabeza bien alta, y reivindicad vuestros derechos: el derecho de vestir como quieras, de salir a dónde quieras. Vive de acuerdo a tus valores, olvídate de los prejuicios que nos coartan la libertad de ser nosotras mismas. Créete lo que vales, porque si no te lo crees tú, ¿entonces quién? Desmelénate, ponte guapa, viaja, ríe, salta, bromea, establece objetivos y ve a por ellos. Llora, fracasa, cae y levanta. Vive la vida que quieres contar, y no vuelvas a tener miedo de regresar sola a casa; te aseguro que no estás sola.

A mis dos “amigos”, es decir, a mis violadores: les tuve miedo, tenía pesadillas cada noche, pero ahora… ahora deberíais tenerlo vosotros, porque las mujeres revolucionarias no vamos a dejar las cosas así.

Tú solo te perteneces a ti misma.
Si esta es vuestra paz, estamos en guerra.

  • Iriarte Azpiroz

    Creo que hay algo muy difícil que tú has conseguido: identificar que una persona a la que quieres y que crees que te quiere te está haciendo daño. El daño empieza donde tu libertad es arrebatada, y eso es algo universal para todo ser humano.

    Gracias por compartir tu historia con tanta sensibilidad y por hacernos a todos un poco más libres. 🙂

  • Carlota

    Es necesario hablar de este tipo de cosas: De la agresión sexual, la cultura de violación, la violencia machista… Hay que hacerle ver a la gente que esto existe, que no es algo raro que la sociedad en la que vive, que pasa cada día, a cada hora y le podría pasar a cualquiera. Cada 8 horas en España una mujer es violada, y a esto se le suma el resto del mundo. Hay que concienciar.
    Me ha gustado mucho el post, me parece muy necesario hablar sobre estas cosas.

  • lucia lopez

    Preciosa historia de superación. Todas unidas cambiaremos muchas cosas. Aunque no sepa quien eres, me enorgullece tu resurgir de las cenizas, ahora eres un fénix 🙂