Michael Loyola es mi padre, no de sangre, pero hay algo mucho mayor que nos une: nuestro corazón. Es un hombre filipino, joven, entusiasta, luchador, optimista, alegre, viajero y explorador. Es de esas personas que no necesita hablar para poder expresarse. De hecho, solo dice aquello que es realmente necesario, pero con una mirada. Los que lo conocemos, lo podemos entender a la perfección.

Tiene una familia preciosa. Esposo de Peggy y padre de Jaden, de 14 años y Rain, de 7. Viven en Toronto, donde los conocí hace ya 5 años. Yo estaba buscando algún lugar donde poder empezar una nueva aventura y, gracias a mi profesora de inglés, también filipina, los encontré. Así, con 15 años y maleta en mano, me fui a vivir una experiencia que cambió mi vida. Desde ese momento empecé a tener dos familias, como yo suelo decir: “tengo dos madres, la de casa y la de Toronto”.

Conocerlos ha sido una de las cosas más bonitas que me ha pasado en la vida y me considero realmente afortunada por tenerlos. He conocido una manera diferente de amar, aunque igual de pura. A partir de ese verano, los he visitado todos los años, excepto “el verano”.

Siempre estábamos en contacto, tanto por Whatsapp como por FaceTime pero, de repente, algo cambió. Intentábamos hablar con ellos pero, por alguna razón, nunca podían o, si lo hacíamos, siempre era muy por encima. Por mi 18 cumpleaños, me enviaron un video felicitándome y fue en ese momento en el que me di cuenta de que algo no iba bien. Michael no parecía el mismo, algo en él había cambiado: sus ojos no brillaban igual, su cuerpo parecía diferente, su postura era extraña. Empecé a darle vueltas, a preocuparme, a insistir más, hasta que un día nos llamaron por Skype y me dieron una noticia, a la que todos tememos y que, por supuesto, cambió su vida pero también marcó la mía. Nunca olvidaré las palabras de Peggy. Empezó diciéndome que Michael llevaba unos meses mal, de médico en médico y nadie sabía lo que le ocurría. Poco a poco se sentía peor, más débil, hasta que al final llegó el diagnóstico: Michael tiene ELA.

Me lo tuvo que repetir un par de veces. Por entonces, esta enfermedad neurodegenerativa estaba dando la vuelta al mundo por el “ice bucket challenge”. Yo sabía más o menos lo que era y por ese motivo me quedé blanca, sin palabras. No sé cuánto duró el silencio, si 5 segundos o 1 minuto, aunque a mi me pareció una eternidad. Como siempre, Peggy, con su valentía y fuerza admirable, dijo que no pasaba nada, que éramos una familia y que podríamos con ello y con todo lo que se pusiera por delante. Así fue y así sigue siendo.

Han pasado ya 3 años y él sigue alegrándonos los días. Nunca pensé poder verlo de nuevo, pensé que nunca podría volver a abrazarlo, que no podría despedirme de él. Este verano, a pesar del miedo, decidí volver. Lo hice por Peggy, por los niños, para aportar algo diferente en casa, para que pasaran un verano distinto, entretenerlos y ayudarlos en lo que hiciera falta.

La primera vez que lo vi fue como si nunca me hubiera ido, fue como siempre. Allí estaba su sonrisa y su humor que tanto me fascina. Todos mis miedos se esfumaron en un instante, mientras me preguntaba a mí misma cómo podía haberlos tenido en primer lugar. Michael seguía siendo él.

Pasaban los días, las semanas, y cada segundo con él era un aprendizaje continuo. Veía a su lado a una mujer luchadora, que sin falta acudía a todas las guardias en el hospital, compaginando su trabajo de profesora en la universidad, haciendo todas las tareas de la casa, cuidando de su marido y educando a unos hijos que, a pesar de su corta edad, ya habían crecido rápido y sin elección debido a las circunstancias. Jaden, que debería estar en plena adolescencia, no se separaba de su padre: hacía todo lo necesario y más. Su máxima preocupación es atender a su padre sin desatender sus propias obligaciones. Incluso en ocasiones debíamos recordarle que era únicamente un niño y que debía divertirse también. El pequeño de la casa, Rain, es consciente de toda la situación, ve cómo su padre se va apagando poco a poco. Pero él es especial. Siempre sabe cómo sacarle una sonrisa a Michael y, aunque sea el día más oscuro, siempre aporta la luz necesaria para dar fuerza a los más mayores.

Es difícil. Hay días buenos, pero también muchos días malos. Ellos son las personas más fuertes que he conocido nunca, pero no siempre se puede ser fuerte. Hay momentos en los que debemos rompernos, para poder volver con más fuerza.

De algún modo yo he querido ser esa persona con la que pueden sentirse libres. Al principio, Peggy me trataba como una niña, intentando protegerme de lo que sucedía en casa, pero no puedes proteger a nadie de esto. Esto es la vida. Yo estaba allí para ayudar. Me convertí en un gran apoyo para los niños pero sobretodo para Peggy. Me encantaba hablar con ella antes de acostarme. De algún modo yo era su confidente y, aunque no pudiera aconsejarla, bastaba con escuchar. Ella sólo necesitaba eso. Al final fueron ellos los que me ayudaron.

¿Cómo podían transmitir tanta paz y felicidad?

El ELA es como un camino a recorrer donde no ves el final, cada vez hay más piedras con las que tropezar y la pendiente de la cuesta nunca para de crecer. Incluso hay momentos en los que deseas que todo termine, estás cansado de luchar por algo que no tiene remedio, nunca conseguirás llegar a la cima. Pero es ahí donde se refleja la verdadera valentía. Vayamos a ser felices, a reír a contracorriente, a gozar de la familia. Y si nos cansamos de subir, siempre podemos detenernos, coger aire y respirar, porque está claro: no existe la posibilidad de abandonar.

Así pues, de ellos he aprendido que nunca hay que rendirse, nunca quejarse, que un equipo consigue ganar batallas, disfrutar cada día como si fuera el último porque realmente nunca sabemos cuándo podremos oler por última vez la libertad y disfrutar de las cosas más pequeñas de la vida; dar un paseo, poder comer tu plato favorito o reírte a carcajadas con las personas que quieres.

El momento más duro fue la despedida. Nadie nos enseña a decir adiós a alguien que seguramente nunca vuelvas a ver. Otra vez, tenía miedo. Con los ojos llenos de lágrimas lo abracé. No pude decir nada, pero él me dijo: “See you soon, I love you”.

 


 

María Mur, 20 años, Lérida.

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