(Lectura de 3 minutos)

Dicen que a todos nos cuesta al principio. Dicen que poco a poco te va consumiendo una laguna oscura. Olvidas detallitos, recuerdos, momentos. Te vas olvidando de tu familia, y de tus hijos y tus nietos. Pero sobre todo, dicen que te vas olvidando de quien eres. Este relato lo escribo en memoria de una mujer excepcional. Una mujer cuya experiencia es amargamente dulce. Esta historia la escribo para Eliza.

Todo comenzó en la “Casa del sol”, un hogar de ancianos donde hacía voluntariado cuidando a personas increíblemente brillantes, pero que sufrían de demencia y otras condiciones degenerativas. Recuerdo el primer día que llegué. Estaba tan nerviosa… Me sentía como una niña recién llegada a un colegio nuevo; sólo que mis nuevos “compañeros” me llevaban cincuenta años y media vida por delante.

Para amenizar mi llegada, habían organizado una fiesta, con comida y baile. Al principio, ninguno se me acercaba. Los otros voluntarios decían que al principio era normal, que tardarían en acostumbrarse a una presencia nueva. Me sentía un poco ridícula la verdad. Estaba esforzándome para encajar en un grupo que se sentía incómodo conmigo. Nadie me dirigió la palabra en toda la tarde. Todos se alejaban cuando me acercaba. Todos excepto ella.

Eliza era una señora delgada, con unos ojos color café que irradiaban ternura y una cabellera del color del atardecer. Al verme, en vez de evitarme, se me acercó y me pidió que la acompañara mientras comía. Me cogió de la mano y no esperó ni mi respuesta. Me sentí acogida de inmediato. Durante la comida me contó su vida entera. Cómo había sobrevivido a la guerra civil, su vida junto a su marido en Estados Unidos y el nombre de cada uno de sus hijos. Me parecía un mujer sumamente interesante, que portaba una mirada de haber recorrido medio mundo.

Era valiente. Sin embargo, a medida que avanzaba la conversación, notaba que repetía las mismas historias una y otra vez. Y me hacía muchas preguntas. Una mujer que me había parecido tan centrada y tan estable, de pronto me comenzaba a preocupar.

Mientras me relataba una de sus historias, de repente se detuvo sin terminar la oración y me preguntó: “¿Quién eres tu?”. Intenté esconder mi sorpresa con una sonrisa inocente y le respondí. Pero después me dijo: “¿Y quién soy yo?”. No pude esconder el impacto. Sentía cómo el vacío en mi estómago se me esparcía por todo el cuerpo. Eliza, que hacía unos minutos me contaba sus aventuras y hazañas, me estaba preguntando que quién era ella. Sentí el peso de su vida sobre mis hombros. Podía responderle cualquier cosa, podía inventarme su vida y redibujarla como quisiera y ella me creería, por lo menos durante unos minutos. Sentí que su vida se volvió mía.

Le respondí con su nombre: “Tú eres Eliza” y ella me respondió con una sonrisa amable y siguió con su comida como si nada. Decidí en ese momento que tenía que quedarme para cuidar de ella. Fui todas las semanas durante dos meses, a hablar con Eliza. Me producía mucha ilusión escuchar los mismos relatos de la semana pasada. Y de repente, un día que fui, Eliza ya no estaba. Los otros voluntarios casi no me querían decir nada. Me decían que era un asunto familiar, pero yo ya me imaginaba lo peor. Eliza nunca volvió a la “Casa del Sol”.

Eliza tenía una etapa del Alzheimer muy avanzada, donde ya quedaba tan poco por hacer, que sólo se la podía confortar y escuchar. Escribo esta historia para ella. Porque me hizo entender lo breve que puede llegar a ser la vida. El hecho de que olvidara todo no significa que su vida y sus experiencias no valieran de nada. Ella fue quien fue por sus aventuras y los eventos que moldearon su vida, y no se puede definir por su condición. Eliza probablemente me olvidó al poco tiempo, pero yo nunca la olvidaré a ella. Fue una mujer excepcional, fue una mujer que verdaderamente disfrutó de lo mucho que tiene que ofrecer la vida, y es un ejemplo de aprovechar el tiempo que te queda.

Nicolle Marsell 19 años,  de San José (Costa Rica). Si quieres saber más, contacta con info@thesonder.space.

 

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