(Lectura de 4 minutos)

Existe un cartel de cartón con un par de faltas de ortografía –podemos perdonárselas– en la calle Carlos III, sobre una suerte de alfombra –también de cartón– , acompañado de una pila de libros – “éste es el mejor que he leído nunca de este palo; ahora quiero leer el de Cruyff” apunta, “siempre ha sido mi ídolo, pero estoy yo ahora como para comprar libros” –, un álbum de cromos de fútbol recortado, unas tijeras, un poco de pegamento, y unos ceniceros improvisados a partir de unas latas de refresco.

Es de Carabanchel. El cartel no, su dueño. El cartel es tan de Pamplona como las calles que hoy lo acogen. Tiene un profundo deseo de volver a Madrid, su Madrid, como en Madrid en ningún sitio. Pero su cara muestra una sonrisa cuando le digo que yo soy de Vigo. “¡Ah, Vigo! Yo estuve unos años trabajando en Balaídos en una subcontrata de Citröen. Me acuerdo de La Piedra, del Príncipe, el Puerto… ¡Qué bonito! Vigo, Bilbao, Pamplona y, por supuesto, Madrid, son las únicas ciudades donde me gustaría vivir”.

“Pero Pamplona es maravillosa”, dice. “Aquí la gente me da todo lo que necesito. Tan solo tengo que poner un cartel, y la gente responde. El verano pasado pedía una manta y tuve que quitar el cartel porque eran varias las mantas que me trajeron en un día, y no tenía sentido que me las quedase yo, otros las necesitarían”. “Por eso tengo esto escrito en el cartel. Si Pamplona no existiese, joder, habría que inventarla. No puedo estar más agradecido a esta ciudad. ¿Ves estas botas? Son estupendas. Igual que este abrigo, me han salvado de muchas. Me los dio la misma señora que me trajo la primera manta”.

“Está muy bien esto que hacéis de repartir comida. Si alguno os la rechaza, no os preocupéis. Yo, por suerte, soy un tipo al que su padre le educó muy bien, y conservo esa educación, ese ser agradecido con la gente que se preocupa, ese mantener siempre las formas. A mí se acercan los dueños de algunos bares cercanos y me ofrecen ir a comer allí gratis cuando se acaban los servicios, y yo me comporto de la mejor forma que puedo. No se trata de hacerle una putada a quien te está ayudando“.

“En cambio, hay otros que eso no lo entienden, que están tan dañados mentalmente por su situación en la que ya ni comida quieren, sólo dinero, algunos para cosas que no les convienen…Tuve una vez un compañero, polaco, que cuando yo me despertaba los domingos para ir a comprar un café caliente antes de sentarme aquí, él llegaba con una litrona en la mano, y según el día, se dormía rápidamente o se ponía a gritar borracho, lo cual a mí no me beneficiaba nada”.

“No le culpo por ello. Esta situación es muy difícil y hay algunos a los que les afecta muchísimo. Ya no saben distinguir lo verdaderamente importante. Claro que comer es fundamental, y el dinero. Pero si quieres salir un día de esta situación tienes que mantener la cabeza sana. Yo me ocupo leyendo los libros que me dan, el Marca que todos los días me dejan el barrendero de esta zona… Por eso lo que hacéis es tan importante: acercaros con una sonrisa, ofreciendo conversación. Hay algunos que no saben apreciarlo, ellos se lo pierden. Pero a mí, con 10 minutos de conversación, me alegras el día”.

Una vez más se demuestra, diciendo el que nada tiene que lo que más necesita es una sonrisa y un rato de charla, la importancia del mundo interior, de la dimensión humana de cada uno.

Un mes después volví a pasar por el lugar y el cartel ahí seguía, por desgracia, como por desgracia tampoco él estaba allí y no pude saludarle. Espero que Carabanchel pueda volver a arroparlo pronto, como él arropa hoy nuestras ganas de seguir con este voluntariado, nuestro convencimiento de que existe un valor infinito a plena vista que la gente no ve, pero que las personas debemos encontrar y mostrar.


Marcos Taboada, 19 años. Conoció a esta persona durante un voluntariado en Pamplona: Café para dos. Si quieres saber más sobre este voluntariado, contacta con info@thesonder.space.

 

No hay comentarios.