Diciembre, mes lleno de agobios entre los estudiantes universitarios, mes que nos hace encerrarnos en nosotros mismos, solo se vela por el examen del día siguiente, por el tema de Penal, Micro, Fisio… que te tienes que estudiar en la próxima hora para poder cumplir un planning que condiciona tu vida durante ese mes. Un día de ese diciembre llegué a casa después de haber estado estudiando como siempre, mi madre había llegado de un viaje que había hecho el fin de semana a Bilbao y me dijo: Juan, tengo que contarte una experiencia increíble que me ha sucedido durante mi viaje. Mi reacción no fue la típica de un hijo interesado, fue la típica de un joven egoísta preocupado por sus intereses personales, que sabía que iba a cenar caliente y que iba a poder descansar tranquilamente en su cama para poder seguir con su vida de estudios al día siguiente. Después de cenar, acurrucado en el sofá junto a la chimenea, mi madre (Mª Elena) comenzó a narrarme su historia…

Primer fin de semana de diciembre, Mª Elena se encontraba en Bilbao para acudir a un funeral de una amiga de la familia. Ese sábado fue uno de los días más fríos del año en la capital vizcaína, día de lluvia y temperaturas bajas que coincide con la proximidad de los festejos navideños. Las masas de gente se agolpan en las calles de la ciudad, aunque el número de personas sea amplio, la relación personal es escasa; todo el mundo busca cumplir con la lista de la compra que tiene pensada para ese día, olvidándose de las cosas que le rodean.

Entre ese tumulto de humanidad, se encontraba Mª Elena con una mirada que le impactó y le hizo encontrar lo más dulce y, a la vez, lo más triste de nuestra sociedad. Ese tesoro que encontró se llama Jesús, un hombre de mediana edad que lloraba en el suelo, mojado hasta los huesos, en mitad de la Gran Vía de Bilbao, donde era invisible para los demás. Esta imagen, como contaba mi madre, la sobrecogió y no vio otro modo de actuar que el de sentarse a su lado, ponerse a su altura y comenzar a hablar de igual a igual.

Ante ese frío atroz se fueron a tomar algo a un bar para que Jesús pudiese entrar en calor y poder hablar con más calma, lejos de la locura de las calles. Al poco rato Jesús entró en confianza y se atrevió a contar su situación: un hombre que quedó huérfano poco antes de entrar en la edad adulta y que había sabido cuidar de sí mismo trabajando como peón de obra hasta llegar la crisis que lo obligó a acabar en la calle. Es padre de un niño que no llegaba a los 10 años y su mujer lo había abandonado yéndose con otro. Jesús solo puede ver a su hijo una vez a la semana y parte de lo que consigue pidiendo es para poder comprarle a su niño unas chuches cada tarde que la Justicia le permite verlo. El hijo vive con la madre en la Comunidad Autónoma de Cantabria, inconsciente del sufrimiento que cada día maltrata a su padre. Tras contar su historia, Mª Elena y Jesús hablaron de muchas más cosas, reían, debatían, se abrazaban, lloraban…

Al terminar, Jesús agradeció lo más básico, que muchas veces nosotros ni nos damos cuenta: “gracias por hacerme sentir persona”. Cinco palabras que jamás hayamos oído formuladas de esa manera, cinco palabras que hacen empatizar al instante con la gente que se encuentra en esa situación tan rechazada. Se prometieron el uno al otro que se volverían a ver la primera semana de enero, tiempo en el cual toda la familia vamos a casa del abuelo a celebrar el comienzo del año.

Al finalizar la historia, mi cabeza no daba crédito a lo escuchado. Ese relato podía haber sido escrito por guionistas de películas trágicas buscando causar un vuelco en el corazón de los espectadores. En ese momento, ni los exámenes son capaces de ocupar un lugar en el pensamiento mientras digieres todo. A toda la familia nos llegó mucho esta experiencia y nos pusimos manos a la obra para poder actuar en un ámbito determinado y ayudar a estos tesoros humanos. Fueron unas semanas de producción familiar de bufandas para regalar y de bolsas con dulces que tan bien nos entran tras esas largas comidas familiares.

Por fin, llegó esa semana de enero tan esperada por todos para poder conocer a Jesús. Todas las tardes salíamos la familia a pasear o a hacer recados con “La Mochila” donde guardábamos las bufandas, los dulces y unas estampas del Niño Dios en busca de Jesús y más sintecho, para poder darles una alegría y hablar con ellos un rato. Pasaron los días y no había rastro de él. Encontramos el cartón con el que pedía dinero y escribimos en él diciéndole que lo buscábamos, pero nunca le llegó. La esperanza en nosotros por encontrarlo fue disminuyendo con el paso de los días…

El 5 de enero será un día que nunca olvidaremos. Comprando los últimos regalos con mi hermano y mi madre por una paralela a la Gran Vía, mi madre se acordó de Jesús. Fuimos rápidamente al lugar donde solía pedir y allí lo encontramos: entrando nosotros por una perpendicular, vimos a un hombre sentado en su sitio que nos daba la espalda. La alegría y la emoción nos hicieron presos y fuimos a hablar con él sin perder un instante. Mi madre lo abrazó y se les empezaron a saltar las lágrimas, por costumbre ya llevábamos la mochila con nosotros y le dimos el regalo que con tanto cariño habíamos preparado. Le prometimos volver al finalizar nuestros recados e ir a comer con él y, en efecto, así fue.

Fuimos a la terraza de un bar y nos pusimos a hablar de todo sin ningún tipo de reparo viendo que el que más sonreía con diferencia era él. Sin embargo, nos contó que en tres horas tenía que irse a Cantabria para ver a su hijo porque se le había roto el coche a su mujer, no pudo traerlo en todas las navidades y le prometió ir a verlo con el regalo que él quisiese. El hijo le había pedido una bici y Jesús removió el mundo para encontrar una. No obstante, aún no tenía el dinero suficiente y nos dijo que a ver si podía irse a seguir pidiendo, lo hablamos y le ayudamos en lo que le faltaba. Jamás veré una cara como esa, nos abrazó y se puso a llorar de la emoción. La explicación de sus lágrimas es algo que se me quedó grabado a fuego: “Mi mujer me impidió enseñar a mi hijo a andar, me impide verlo crecer día a día, esta bici no es simplemente una bici, es con lo que le voy a enseñar a mi hijo”. Con esas palabras interpreté que, como él decía, “esta bici no es simplemente una bici”, era la capacidad de conseguir sentirse realizado como padre, un sueño que desde que vivía en la calle se había frustrado. Nos despedimos entre abrazos y felicitaciones e intentaríamos seguir en contacto.

Muchas preguntas han venido a mi cabeza durante este tiempo, pero sobre todo dos son las que más me llaman la atención: ¿cuántos amigos tienes que viven con todas las necesidades cubiertas? ¿Y cuántos que no? Enero, mes de celebraciones familiares, mes de nuevos sueños y nuevas metas. Mes que nosotros vemos distinto pero que, para aquellos que viven como Jesús, supone luchar más fuertemente contra unas condiciones perjudiciales que se incrementan y que nosotros solo vemos desde la ventana, junto a la chimenea, acurrucados en el sofá.

 


 

Juan Gimeno, 19 años, Pamplona.

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