Keyla y Yirensi son dos hermanas adolescentes que viven en el barrio más peligroso de Venezuela con su madre, su abuela y sus 7 hermanos menores. Se llevan casi tres años pero parecen de la misma edad. Siempre han sido inseparables, les encanta hacer todo juntas: desde jugar en el barrio hasta cuidar y proteger a sus hermanitos.

De lejos podría parecer que llevan una vida completamente normal; son dos niñas lindas, simpáticas e inteligentes que van al colegio con regularidad, practican deportes y tienen muchos amigos. Sin embargo, Keyla y Yirensi provienen de un hogar completamente inestable, carente y poco convencional.

Su madre y su abuela son prostitutas desde hace ya muchos años. Los 9 niños viven bajo el mismo techo como hermanos pero, realmente, hace tiempo se perdió la cuenta de quién era hijo de quién. Simplemente decidieron que la más jóven actuaría de madre y la mayor de abuela. Ninguno de los hermanos sabe cuál de las dos es su verdadera madre, pero no le dan mucha importancia ya que se han consolidado como una gran familia.

Al tener su primera menstruación y ser consideradas mujeres adultas, primero Keyla y un par de años después Yirensi, fueron obligadas por su madre y abuela a adoptar el mismo oficio que ellas. Les conseguían clientes y les prohibían negarse, insistiendo que había que mantener el negocio familiar y que además podrían cobrar más caro por ser jóvenes e inocentes.

Hace un año tuve la oportunidad de compartir varios días con estas dos hermanas. Antes de conocerlas, una madre de su comunidad me contó su historia. Eran dos niñas con muchos problemas y sufrimientos a las cuales yo tenía todas las ganas del mundo de entender y ayudar.

Sabía que yo sola no podría persuadir a su madre y a su abuela de que Keyla y Yirensi tenían el potencial de convertirse en grandes mujeres y tener grandes carreras. Sabía que yo sola no podía cambiar la mentalidad de dos mujeres que llevaban haciendo eso por décadas y piensan que está bien. Sabía que yo no podría evitar que las obligaran a seguir prostituyéndose. Sabía que lo mejor que podía hacer por ellas era demostrarles que me importaban, escucharlas y hacerlas sentir que yo estaba allí para ellas. Mi aporte sería pequeño pero importante, creía yo.

Aconsejarles en una situación tan delicada era difícil. Quería que se sintieran cómodas y sobretodo que nunca se sintieran juzgadas. Rápidamente nos hicimos amigas y hablábamos de cosas típicas de adolescentes; novios, amigas, el colegio y muchas más. A veces conversábamos de cosas banales y otras de temas más profundos y trascendentes.

Un día, casualmente en una conversación, me comentaron que siempre habían querido ir a la playa pero nunca habían tenido la oportunidad. Pocos días después, junto con varios amigos decidimos organizar un viaje a la playa con Keyla y Yirensi y otros 18 niños de su comunidad. Después de recolectar trajes de baños y comida y haber hablado con un club de playa para que nos permitiera usar sus instalaciones y apartamentos, emprendimos nuestro viaje de dos días a la Guaira.

Ver las caras de Keyla y Yirensi al ver el mar por primera vez no tuvo precio. Se veían tan felices y realizadas. No podían esconder su emoción mientras se quitaban la ropa apuradas para saltar al mar y jugar en el agua. Saltaban y se reían con todos sus amigos, felices de estar ahí. Se veían como se debería ver cualquier niña de esa edad: felices e inocentes. Al final no eran más que eso, dos niñas felices e inocentes que fueron sometidas muy jóvenes a actitudes que no pertenecían a personas de su edad y no deberían pertenecer a nadie.

Me sentí muy feliz al verlas recuperar esa tarde su infancia y su inocencia. Nunca había visto dos sonrisas tan grandes y bonitas como las de esas hermanas que jugaban en la playa con el atardecer de fondo.

Fue sorprendente la capacidad de ambas de despegarse de su realidad y sus problemas y disfrutar tanto ese momento sin preocupaciones. Se sorprendían y disfrutaban de cada detalle, de cosas que normalmente nosotros daríamos por sentado sin darnos cuenta de su importancia. Me conmovió inmensamente verlas valorar y apreciar desde lo más grande hasta lo más pequeño. Fue un momento especial e inolvidable.

Me dolía pensar que ese momento terminaría y pronto tendrían que volver a sus realidades. Me parecía tan injusto que les estuvieran arrebatando algo tan importante para cualquier persona: la libertad de elección y el derecho a su propia intimidad. Las estaban forzando a tomar un camino que ellas no habían escogido y que jamás las llevaría a ser felices.

Ahora me doy cuenta de que tener dominio de nuestras acciones y decidir con quién compartimos nuestra intimidad es de las cosas más valiosas. Ser forzados a mentirle a alguien con nuestro cuerpo para satisfacer un deseo sexual solo causará traumas y descontentos futuros. Espero todos los días que Keyla y Yirensi hayan comprendido el mensaje de que somos dueños de nosotros mismos, de nuestras acciones y sobretodo de nuestra intimidad y nuestras decisiones de con quién compartirlas.

Como esta historia existen muchas más que muestran cómo no todos tuvieron nuestra misma suerte. Es por ello que, a pesar de no tener una idea clara de lo que voy a hacer por el resto de mi vida, sé que mi camino a la felicidad y mi autorrealización es ayudar a los demás y contribuir a la humanidad, así sea con un pequeño grano de arena. Espero profundamente que Keyla y Yirensi algún día se desencadenen y logren ser quienes verdaderamente son, que descubran su destino y alcancen la felicidad. Por ahora, yo haré lo poco que está en mi poder para ayudarlas y apoyarlas a que se encuentren a ellas mismas.

 


 

Isabella Briquet, 23 años, Caracas, estudiante de Comunicación Social.

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