Resulta que en mi familia –política– había un niño de la guerra y yo no lo sabía. Este fin de semana, José María Urrea, natural de Vizcaya, recuerda su infancia con ojos vidriosos –más por orgullo que por dolor o tristeza– y me cuenta su historia desde un sofá de Basurto (Bilbao) del que sus casi 90 años sólo lo mueven para comer, dormir, ir al baño, y dar de comer a Sarita, su tortuga.

Me acuerdo como si fuera ayer cómo yo y otros niños, con nuestras madres, corríamos para escondernos en los túneles de Sestao huyendo de los bombas. Nos bombardeaban los alemanes por petición de los fachas.

Fachas en su boca no tiene ninguna connotación negativa, la usa indiscriminadamente como sinónimo de franquistas, como aquel que ha comprendido radicalmente qué significa una guerra fraticida, qué significa que los dos bandos pierden.

Los niños éramos conscientes de lo que estaba pasando, de que en cualquier momento podíamos morir.

A veces teníamos que pasar varios días ocultos en los túneles. Había mucha gente allí y el olor se volvía insoportable. Nuestras madres dulcificaban como podían la situación, pero nosotros éramos muy conscientes de qué estaba pasando, sabíamos que nos estábamos jugando la vida, que en cualquier momento podríamos morir. El hambre que pasábamos no ayudaba en absoluto a mantener la tranquilidad en esos momentos.

Mi difunto padre, que siempre fue muy precavido y no se precipitaba, nunca había querido marcharse de Bilbao como mucha gente que huía a Santander mientras éste aún no había sido ocupado por los fachas, lo cual nos salvó de morir como al final les sucedía a muchos de los que sí se iban. Pero hubo un momento en que todo se volvió insostenible para la familia.

Poco antes de que los franquistas ocuparan Bilbao, a mi padre, en su trabajo, se le cayó un obús sobre el pie y lo dejó cojo durante mucho tiempo. Él nunca se había metido en política y no tenía motivos para temer, pero estuvo a punto de ser detenido cuando ser vasco era lo mismo que ser sospechoso y su trabajo relacionado con material bélico le hacía parecer un opositor peligroso. Le salvó su pie destrozado. En ese momento decidió que madre y los hermanos nos iríamos a Francia. Él se quedaba porque su estado no le permitía viajar y porque, de algún modo, ese estado le protegía de ser detenido, y no debíamos temer por él.

Si madre me hubiese dejado con Marcel Michelin, hubiese muerto en un campo de concentración.

Llegamos a Francia a bordo del Habana. Allí nos ayudaron muchísimo. Nos acogieron y nos dieron comida durante mucho tiempo, ¡incluso nos traían vino cuando podían!

Sentían tanta pena por nosotros, los niños, que incluso algunas familias se ofrecieron a adoptarnos como sus hijos, pero nuestras madres se negaron. Sabían que lo pasaríamos con penuria, pero que lo pasaríamos. Y nuestros padres esperaban en Bilbao, cómo nos iban a dejar allí. Y menos mal que así lo decidieron. Concretamente, a mi madre se lo ofreció Marcel Michelin, hijo de uno de los fundadores de la empresa de neumáticos. Cuando Hitler ocupó Francia, Marcel y su familia fueron enviados a campos de concentración. Yo hubiese ido con ellos si mi madre no hubiese tenido claro que debía permanecer con ella.

La guerra del 36 –así la llama siempre– fue desastrosa. Cuando volvimos lo encontramos todo destrozado. Lo único que se parecía a lo que dejamos atrás cuando partimos en aquel barco era el hambre. Y ahora era peor. A penas había pan y aceite. Las mujeres caminaban muchos kilómetros entre pueblo y pueblo para intentar cambiar algunos alimentos por otros que no teníamos. Si la gente sobrevivía era porque las familias estaban aún más unidas en la pobreza, en el hambre, y tiraban de sí con más fuerza porque no tenían nada más.

Luego las cosas empezaron a mejorar, pero había pasado mucho tiempo y las necesidades habían cambiado y nos obligan a otras cosas. Por ejemplo, yo no pude seguir en la escuela y tuve que aprender un oficio. Con 17 años empecé a trabajar como ajustador mecánico. Por suerte, en ningún momento me ha faltado el trabajo y ya no tuve que volver a pasar ese hambre –palabra que después de escucharle pronunciarla en tan repetidas ocasiones y con ese tono que él pone creo que es perfecto sinónimo de su juventud – que tanto nos costó superar.

Y bueno, ¿ya vale, no? Acabas de llegar y ya te he soltado toda mi chapa je je je. Venga, ¡que empieza el Athletic!

 

Nota: Hoy, José María ha fallecido tras un par de años en que su salud era ya débil. Todos le vamos a echar de menos, sobre todo Sarita, su tortuga. Esto es solo una parte del legado que él nos deja, pero Josemas hay muchos: todos pueden ser Josema, tan solo tenemos que saber mirar, sólo hace falta querer encontrar.

Gracias y hasta siempre.