Rotura del ligamento cruzado anterior, rotura del ligamento colateral interno, distensión del ligamento colateral externo, contusiones óseas, fractura trabecular, rótula alta, pequeño derrame articular, fractura geográfica subcondral del cóndilo femoral externo y pequeña rotura de menisco. Bueno, podría haber sido peor… ¿no?

Mi paso por la selección asturiana de rugby se puede definir como “efímero”. El amistoso en Bilbao podría haber sido sólo un partido, pero no lo fue. Es más, fue mi último partido. Aún recuerdo el balón en las manos, la mirada puesta en la línea de ensayo, mi cabeza gritándome “corre lo más rápido que puedas”, pero mi pierna derecha diciendo “basta”. Sin pensarlo, me vi en el suelo, sin poder levantarme, sin saber qué estaba pasando. Es cierto que no me dolía nada, y eso fue lo más preocupante. No podía mover la pierna.

El resultado de la resonancia ya lo sabéis. La operación fue algo sencillo y rápido, pero lo interesante es lo que quedaba por hacer: 70 sesiones de fisioterapeuta. Al parecer, los ligamentos al operarlos, se contraen mucho (es como si hiciesen un nudo con ellos) y la única forma de estirarlos es a la fuerza.

“Cuando ya no puedas soportar el dolor, grita”, me decía siempre mi fisio. Pero nunca lo hice. Era consciente de que cuanto mayor fuese mi dolor, mejor se recuperaría mi rodilla y antes podría hacer deporte. Él se subía encima de mi pierna, con todo su peso y empujaba mi rodilla hacia abajo. No os voy a mentir, no he vuelto a sufrir tanto. Notaba las lágrimas resbalando por mi mejilla, y mis manos apretaban con toda su fuerza los hierros de la camilla, pero, en la medida lo posible, evitaba pensar. Sabía a lo que iba, y que era algo por lo que tenía que pasar. Pero no sólo trabajaba ahí. Las largas e interminables horas de colegio, el trayecto en autobús, en el sofá de mi casa, etc. La recuperación se volvió lo primero, le dedicaba absolutamente todo mi tiempo y todas mis energías. Y al parecer también le dedicaba todo mi afecto…

Pero lo más duro no era entre las cuatro paredes del fisio, sino fuera. Te miraban con pena, como si fueses un extraño, y se compadecían de ti al pasar. Las personas mayores, al verme con muletas y con toda la pierna vendada, sufrían tanto o incluso más que yo. La gente se ofrecía para hacerte todo, con toda la buena intención, pero tú sólo buscabas la normalidad. Infinitud de personas decidieron que yo podría ser una buena acción social, y me trataban como a un discapacitado. Y lo odiaba. Pero no nos engañemos, hubo una temporada en la que no me podía poner ni un calcetín. El recorrido de mi habitación al salón parecía una etapa del Tour de Francia, con su puerto de montaña en medio y su sprint al final. Era un asco… pero no podía hacer nada. Y creo que justo por esto, mi recuperación fue un éxito.

Pero cada moneda tiene dos caras distintas. Tu familia se vuelca, tus verdaderos amigos se involucran, las amigas de tu madre te hacen tartas y bizcochos (puede sonar a broma, pero es verdad), y hasta tu hermana se ofrece para cederte el mejor sitio en el salón (diría que soy un caballero y que nunca acepté, pero sabía que eso nunca más se repetiría). También aprendes a apreciar el valor de una sonrisa, de un gesto. Aparentar estar bien cuando no lo estás. Ayudar cuando eres tú quien necesita la ayuda.

Aprendes a valorar a las personas que te rodean, a superarte. De todo se aprende y, aunque en un principio uno no se de cuenta, siempre acaba saliendo a la luz. Es cierto que perdí más de lo que gané, pero es algo que no puedo cambiar. No puedo volver al pasado y dejar de correr. Pero lo que sí puedo hacer es vivir con ello, sabiendo que lo volvería a hacer.

 


 

Nacho Acebal Fuente, 19 años, de Oviedo (Asturias).