Yo era una niña de 10 años cuando empezó todo. Le detectaron un cáncer a mi madre. Yo en aquel entonces no entendía nada, era muy inocente, me parecía una enfermedad más, hasta que me fui dando cuenta de lo floja que estaba, que se le cayó el pelo, que iba al médico con mucha frecuencia… y así fueron pasando los años y cada vez entendía más la situación, aunque me costara mucho aceptarla. Después de 7 años enferma, falleció. A mis 17 años. Una etapa en la que necesitas una madre; aunque sea para discutir. Una madre es una persona que marca mucho y que sabes que siempre está ahí, a tu lado, pase lo que pase. Aunque ya me enteraba más de las cosas, todavía era una niña. Me sentí sola, abandonada, desprotegida, me quedé con ganas de vivir más momentos junto a ella. Mi madre siempre destacaba por su alegría y su sentido del humor, nunca le faltaba una sonrisa.

A pesar de ser ella la enferma, muchas veces era quien nos animaba a nosotros: familia, amigos y todo el mundo que la rodeaba. Era una persona muy especial. Su lucha diaria era impresionante. No se rendía nunca. Cómo lograba sacar cada día su mejor sonrisa para sus tres hijas a pesar de lo que podía estar sufriendo, pero lo último que quería era que sufriéramos nosotras… qué manera de darse, qué generosidad, qué gran ejemplo… De todo lo malo hacía algo bueno. Y eso es lo que he aprendido de ella. Pero, antes de darme cuenta de esto, han tenido que pasar muchas cosas.

La vida es un camino; un camino largo y duro. Duro en la medida en el que tú lo hagas, porque en el momento en el que aceptas la realidad, la dureza se va deshaciendo y vas aceptando y entendiendo. Hay cosas que elegimos nosotros y otras que nos vienen dadas, yo no elegí esto, pero sé que a veces la vida tiene planes para nosotros que muchas veces no sabemos apreciar. Cuando mi madre murió, caí en una depresión total. No tenía ganas de hacer nada, no quería estar con nadie, nada me animaba. Acudí a médicos, psicólogos y psiquiatras e incluso acabé ingresada por mis pocas ganas de vivir. Fue una época muy dura en la que no veía un fin. Después de pasar dos años y medio de amargura y dolor, con una impotencia y rabia inaguantables, finalmente se puede decir que mi corazón se curó del dolor. Se le puede llamar “pequeño milagro” (o al menos para mí lo fue).

Después de tanto tiempo sin esperanza, de repente, aprendí a ver las cosas de distinta manera. Aunque sigo echando de menos a mi madre y me gustaría muchísimo tenerla a mi lado, como creo que es normal, ahora las cosas se ven de otra forma. Sólo debes confiar. No nos damos cuenta de las pequeñas cosas intentando ver las grandes. Yo sólo pensaba en que la quería a ella, pero no me daba cuenta de todo lo que podía aprender de ella. Lo que hace más feliz a una persona para mí es la entrega. Para mí dar significa recibir, para nada cuando das estás perdiendo. La satisfacción de hacer las cosas por amor, sin esperar nada a cambio. El amor no tiene muros, el amor da esperanza, ¡Qué bien te sientes después de ayudar a alguien, aunque ni te lo haya pedido! Esa felicidad se convierte en tuya. Y eso lo he aprendido de mi madre.

Así que, ¿de qué me quejo? ¡He aprendido la clave de la vida! Amar. Aunque eche de menos a mi madre, sé que ella está siempre a mi lado. Y en vez de ver las cosas malas, aprendí a ver las buenas; de todo lo malo siempre se puede sacar algo bueno. Aunque muchas veces cueste verlo, hay que seguir adelante y, cuando lo haces, te sientes tan bien y vas cogiendo tanta fuerza que, cada vez, vas adoptando diferentes perspectivas ante los problemas que se te van cruzando. No digo que no haya momentos más duros o difíciles, porque siempre los hay, pero creo que lo mejor está siempre por venir y que todo tiene un sentido en esta vida.

 


 

Anna Jounou Eraso, 19 años, Tarragona.

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