De pequeño siempre soñé con ser costalero y llevar sobre mis hombros y en el corazón las imágenes de los Pasos que procesionan en mi tierra. Tenía claro que debía hacer todo lo posible para que este sueño pudiera cumplirse.

Pasaron los años y el momento estaba cerca, pero a los 16 años me diagnosticaron una escoliosis múltiple en la columna vertebral. Esta noticia me pilló desprevenido, pues mi mente sólo pensaba en que llegase aquel 15 de agosto en el que por fin iba a poder lograr mi sueño.

Me hicieron varias pruebas y, cuando se oficializó el diagnóstico, solo quería llorar, aislarme de todo y de todos y que nada ni nadie me dijese nada. Esto duró poco ya que me di cuenta –en parte gracias a mis padres y abuelos– que con esa actitud no se llegaba a nada, que había que afrontar el problema de frente y seguir intentándolo con humildad, trabajo y corazón.

Unos meses más tarde comencé con los ejercicios de rehabilitación. Tuve que dejar de jugar al tenis, deporte que llevaba practicando ocho años. Esta decisión fue dura, pero necesaria, para poder disminuir los grados de desviación de mi columna vertebral.

Entre ejercicios y renuncias llegó el año 2016. Estaba convencido de que mi momento iba a llegar, que el esfuerzo realizado no iba a ser en vano, que las muchas horas de rehabilitación y el haber estado un año sin jugar al tenis iba a dar su fruto. Pero, contra todo pronóstico, mi columna no había mejorado lo suficiente y no estaba en condiciones para soportar todo el peso que el ser costalero conlleva. Otro jarro de agua fría –y ya era el segundo– en menos de un año.

No encontré sentido a ninguno de mis sacrificios y constantemente me preguntaba que por qué me tenía que pasar esto a mí. Durante esas largas semanas de agosto aprendí que llorar es de valientes, que no hay que sentirse avergonzado de ello. Una vez más, volví a encontrar apoyo en mi familia y en mis amigos. Ellos me alentaban para que no decayese, estaban convencidos de que ésta era mi lucha particular. Sin embargo, yo no estaba tan seguro. Pensaba diariamente en rendirme, en dejar de esforzarme y sacrificarme para cumplir un sueño efímero y utópico que nunca iba a llegar.

Un día, mientras paseaba por las calles de mi querida Jerez de la Frontera, sentí, con más fuerza que nunca, la satisfacción tan grande que sería poder cumplir mi sueño de ser costalero. No obstante, esta reflexión fue muy fugaz y se desvaneció al atardecer. Al día siguiente, este mismo sentimiento volvió a aparecer en mi mente cuando mi abuelo me contó dos cosas que jamás olvidaré. Me dijo que era un luchador nato, su mejor luchador y que no podía sentirse más orgulloso de mí y que “todo llega para el que sabe esperar”.

Al escuchar estas palabras de mi abuelo, volví a la pelea con los ejercicios diarios. Con mis subidas y mis bajadas pero con más fuerza que nunca, sabiendo lo que quería, aprendiendo a no decaer, a ser constante, fuerte y férreo.

Así pasaron las semanas y los meses hasta llegar a agosto. Una nueva oportunidad se me presentaba. Mis ilusiones estaban más renovadas que nunca, los nervios se apoderaban de mi mente, sentía mariposas en el estómago pero a la vez me sentía feliz, feliz por el esfuerzo y los sacrificios realizados y por poder tener, otro año más, la oportunidad de volver a intentarlo porque tarde o temprano mi sueño, mi tan querido sueño se iba a cumplir.

Y así fue… Fui al médico, acompañado por mis padres –que me han acompañado siempre y nunca han dejado de creer en mí– para comprobar la evolución de mi complicada espalda. Al ver los resultados, volví a llorar como un valiente: los grados de desviación se habían reducido considerablemente lo que me acercaba cada vez más a mi tan esperado sueño.

Y volví a aquella tarde de abril, a rememorar los consejos de mi abuelo. Los momentos de sufrimiento eran incomparables con la satisfacción sentida en ese momento, todo había merecido la pena, no me lo podía imaginar. Fue, sin duda, la mejor sensación experimentada y uno de los mejores momentos de mi vida.

Y llegó aquel 15 de agosto de 2017, donde me sentí costalero de alma y corazón. Eché una mirada atrás, a todos esos llantos, desilusiones y ganas de rendirme. Y saqué un propósito firme que espero cumplir toda mi vida: disfrutar de los momentos felices conseguidos con humildad, trabajo y corazón.

 


 

Antonio Padilla Pérez de Eulate, Jerez de la Frontera (Cádiz). Estudiante de 1º de Derecho.

  • Armando Rendon

    Grande Antonio

  • F.Javier Perez de Eulate Perez Flor

    Siempre el teson.la constancia.el esfuerzo.y el no desfallecer nunca a pasar de los obstaculos son la base de conseguir lo que te propongas. TU ABUELO

  • CándidoGonzalezRuiz

    Olee mi Antonio. Muy poco sabemos lo que significa para ti ser los pies de nuestra Madre. Nunca dejes de soñar y perseguir lo que de verdad quieres, con el apoyo dd tu gente y una sonrisa se logran los propositos. Y como bien has dicho trabajo, humildad y corazón! Un abrazo compadre nos vemos en 19 días!!

  • Marga Pérez de Eulate

    Trabajo y corazón es lo mismo que esfuerzo en lo que se hace y cariño y servicio a los demás. Dos buenos pilares para cimentar una vida. Un abrazo Antonio.

  • Daniel

    Eres un grande. Solo nosotros sabemos el valor que tiene la semana santa en nuestros corazones. Mucho ánimo gran amigo y siempre de frente. Échale casta!
    ¡¡¡FELICIDADES!!!

  • Ana Cristina Bellido Ramírez

    Fantástico artículo!!!!! Sigue así, llegarás lejos. Enhorabuena Antonio.

  • Pepa

    Eres una gran persona, digno hijo de Antonino y Marga. Sabes que tienes todo mi cariño y mi apoyo. Un abrazo