​Unas navidades de sueño, de esas que se preparan por meses, de esas que reúnen a la familia, de esas que te hacen ver el lado bueno de la vida, de esas que te hacen apreciar cada sabor, cada olor, cada segundo. Luces de colores, verde alrededor. Pastas a cada hora. Unas navidades de esas que son únicas, que te hacen ver que son mejores que las anteriores, de esas que parece que solo pasan una vez en la vida, porque son esas navidades las que te dan la vida.

​Es entonces cuando el sueño se convierte en pesadilla y en tan solo un segundo todo cambia. La familia se reúne, en la sala de espera de un quirófano de urgencias, ves la parte más débil de la vida, ese halo de vida que se esfuma lentamente. El sabor de la amargura, el olor a miedo, cada segundo cuenta. Las luces de colores se convierten en monitores de constantes vitales y el único verde que ves es el de los trajes un tanto desteñidos de las enfermeras. Las pastas se convierten en pastillas y analgésicos. Es un momento único con dos simples resultados; aguantar o marcharse para siempre. Hay veces en que la muerte te acaricia la mejilla con los ojos dormidos, te sonríe y te mece dulcemente entre sus brazos. Hay veces en que la vida te reclama, te impulsa y te anima, te protege y te mima hasta que los ojos se abren.

​Estas navidades fueron una segunda oportunidad, fueron un recordatorio de cuánto vale cada día, cada segundo que vivimos. Fueron el impulso a reencontrarme con Quien tenía olvidado, fue el punto en el que mi vida dio un giro brutal, rompiendo los esquemas, rompiendo planes. Y me quede ahí, recostada con el cuello girado viendo como entraba la luz por las rejillas de la persiana de la UCI. Fueron estas navidades las que me enseñaron a amar, agradecer, me enseñaron a alegrar. Y es que la vida desde una cama se ve diferente. La vida después de la muerte se ve distinta.

​La vida debajo de un camión es hermosa, es envidiable. La vida en una ambulancia es esperanza. Esa vida en una sala de urgencias con médicos corriendo de un lado a otro gritando es incertidumbre. Escuchar a medias todos los peligros vitales que corres, sentada sola en una camilla, es miedo. Ver que tus padres están en la otra punta del país es soledad. Escuchar cómo dicen que igual no volverás a andar es angustia. Despertarte de repente en una camilla de metal dura y fría y verte rodeada de cirujanos con pañuelos en la cabeza es desesperación. Entonces, con la poca fuerza que queda en tu cuerpo, te ponen una mascarilla y respiras hondo, una vez, dos, tres… y entonces lo que sientes no se sabe explicar, porque no se llega a sentir. Y en ese periodo en el que no sientes nada, en el que estás sin realmente estar aquí, los sentidos juegan a su gusto, se encienden y apagan como interruptores, hasta que por fin un día, los ojos se abren en una habitación aséptica blanca, con la única posibilidad de observar el techo con las luces apagadas. Aquí la vida, querido mío, son lágrimas, lágrimas de alegría por esa segunda oportunidad, por volver a acariciar la vida una vez más.

​Como un jarrón de porcelana fina que cae al suelo, me rompí en pedazos y renací de cada una de mis cicatrices.

Esta historia nos conmueve especialmente porque está contada de primera mano por nuestra amiga Celia, nuestra compañera de The Sônder Space y de clase. Un camión de reparto la atropelló en el campus cuando iba a estudiar a la biblioteca, y quedó herida de gravedad.

Sus días en la UCI nos dieron una lección asombrosa: ni una queja, una sonrisa constante, a pesar de las numerosas intervenciones y de su delicada situación. Su madre contaba que, desde entonces, Celia hacía tres cosas que empiezan por la letra A: Adorar (a Dios), Alabar (a todas las personas que la cuidan o van a visitarla) y Agradecer (por todos los servicios grandes o pequeños que se le prestan).

Gracias a su tenacidad y al cuidado de los médicos, sabemos que se recuperará totalmente. Ahora está trabajando día a día en su rehabilitación. Ya camina, poco a poco, ya sale a tomar un café con sus amigos, y en nada la tendremos de nuevo en clase. Una pequeña fracción de segundo, y todo puede cambiar. Gracias, Celia.

Gracias a Jaime Nubiola, por inspirar la reflexión final, y a Celia Canseco, por todo.

No hay comentarios.