Hace unas semanas un amigo me habló de un interesantísimo proyecto que estaba llevando a cabo con algunos compañeros suyos en la universidad. Se trataba de una revista online coordinada por estudiantes y dirigida a todo aquel que quisiera leer y participar de historias increíbles. Historias cotidianas escritas por jóvenes, en las que se asomara un mensaje esperanzador y positivo.

En ese momento, sentados en un bar y disfrutando de una buena cerveza, decidí narrarle una historia -no cotidiana, ni mucho menos- que me encantaría que fuera contada. Remontémonos al veintitantos de noviembre de 2017.

Era un domingo por la tarde distinto. Sentía dentro de mí un algo que no podía controlar, y que me hacía permanecer intranquilo. Y es que el día anterior había vivido una experiencia fascinante. Había sido testigo de un acontecimiento maravilloso y mi yo interior me impedía seguir callándolo. ¡Era responsable de que aquello viera la luz! Por fin me dispuse a satisfacer mi inconformismo y, lleno de una satisfacción y una alegría que pedían a gritos salir de mí, escribí esta carta al director:

El pasado sábado acudí -junto con varios amigos- a un hospital para dedicar parte de nuestro tiempo a las personas que se encuentran allí ingresadas. Algunos tienen la suerte de gozar de la compañía de su familia y amigos, pero otros muchos sólo pueden conformarse con el cariño de los enfermeros y enfermeras que los cuidan.

En este contexto nos encontrábamos nosotros. Uno de mis amigos salió a pasear con uno de ellos; y otro se quedó charlando con una paciente en la habitación. Yo acompañé a una mujer a la capilla del hospital porque quería escuchar misa.

Mientras tiraba de la silla de ruedas y procuraba una conversación agradable con ella, dejábamos atrás camillas en las que reposaban personas que no mucho tiempo atrás habían sido grandes empresarios, agricultores de carácter, jóvenes enamorados, intrépidos protagonistas de la historia de su vida, de una vida que ni siquiera ellos sabían ya contar.

Al llegar a la capilla me quedé boquiabierto. Cuando creía que no podía existir una historia más impactante, allí la encontré: una joven de veinticinco años esperaba en el pasillo envuelta en un larguísimo vestido blanco. Agarraba con sus delicadas manos un ramo de flores, y esperaba nerviosa la señal que le permitiera avanzar hasta el pequeño altar. Su familia, dentro; su prometido también. Un número amplio de enfermeros y enfermeras custodiaban el paso emocionados. Un pequeño cargaba los anillos.

Ella tiene cáncer y le queda apenas un mes de vida. Y él, locamente enamorado, lleva varias semanas haciendo vida en el hospital para estar con ella. En aquella pequeña iglesia pude ver una historia de verdadero amor, de superación. Y entonces me hice muchas preguntas: ¿por qué esta historia no ha salido en las noticias? ¿por qué la superación y la valentía de la gente normal no ocupan nuestras portadas? ¿por qué quedan ocultas las miradas de estos enamorados bajo el negro telón del cuarto poder?

Sirva esta carta para dar luz -aunque tenuemente- a lo que realmente debería ser portada. Lo siento Rajoy. Lo siento Puigdemont. Lo siento Trump. Pero yo me quedo con el hospital.

Cuando terminé de escribir aquellas líneas, me llenó de entusiasmo la idea de que pudiera publicarse esta preciosa carta -preciosa gracias a sus protagonistas, por favor-. Así, la envié a la dirección de correo electrónico de algunos periódicos de tirada nacional y provincial (de Navarra, donde nací, y de la Comunitat Valenciana, donde vivo ahora).

Al día siguiente -lunes- corrí al quiosco como un niño el día de reyes. Pero no se había publicado en ningún periódico. Es que era muy larga, y con todo lo que está ocurriendo, ¿por qué iban a publicar esto?, pensé.

El martes, sin embargo, lo publicó un diario en Navarra, pero sólo allí. Aquella maravillosa historia llegaría a su fin en la medida en que nadie más la conociera. Sentí lástima. Había puesto demasiada esperanza en algo que quizá no era tan relevante. El miércoles ni miré en los periódicos: ya era tarde. Esta historia de amor se convertiría en una bonita anécdota para contar a mis amigos.

Pero las verdaderas historias juegan con sus propias leyes. Jueves. No eran ni las diez de la mañana. Acababa de terminar una clase, y estaba a punto de comenzar la siguiente. Cogí el móvil. Sergio, ¿estás de broma no?, me escribía un amigo. Haz el favor de meterte en Facebook, que la estás liando, me dijo mi hermano. ¿Por qué no me dijiste nada? Lleva ya 100 retweets, wasapeó otro. Sin entender qué estaba ocurriendo, y siguiendo la indicación de uno de esos amigos, entré en la página web del ABC: La carta que conmueve a los lectores de ABC, leí. No me lo podía creer.

Durante tres días, aquella maravillosa historia de amor fue lo más leído en aquel periódico nacional. En Facebook se compartió miles de veces, igual que en otras redes sociales. Se ha publicado en más de tres periódicos, así como en decenas de diarios digitales en toda España. Aquel jueves, me llamaron de distintas redacciones de periódicos dándome la enhorabuena y queriendo dar a conocer aquella historia.

El mundo no está patas arriba, lo que pasa es que nos han enseñado a verlo de esa forma. La carta es lo de menos. El amor firme y fiel de aquella pareja, la superación en medio de la enfermedad, los mensajes positivos y llenos de esperanza de los lectores del periódico, los deseos de difundir esta oleada de alegría… Esto es lo verdaderamente importante. Aquello que está en nuestras manos, aquello que vemos con nuestros ojos.

El paso de los días fue calmando todo: no hubo más llamadas, ni mensajes, cesaron los me-gustas y las publicaciones.

Pero siete días después ocurrió algo más, algo que me hizo sonreír y sentir la misma emoción que el día en que escribí la carta. Un amigo me enseñó el periódico del día, un diario provincial valenciano.

Boquiabierto, recordé unas palabras que yo mismo había puesto por escrito en la carta al director: ¿por qué esta historia no ha salido en las noticias? ¿por qué la superación y la valentía de la gente normal no ocupan nuestras portadas?

Ahí estaban ellos. Los novios: guapos y relucientes. Elegantes. Su pose en la portada de aquel periódico los hacía estar radiantes. Llenos de vida.

Es posible, sí. Contar historias es muy posible. Y remover a cientos de personas también. Aquella historia de amor salió en las noticias. La superación y la valentía de aquella pareja ocupó nuestras portadas. Hay esperanza. Por favor, contad vuestras historias. Porque todas las historias son grandes, siempre y cuando se cuenten.

Aquel buen amigo mío, el de la revista, tras dar un sorbo a su cerveza, asintió sonriendo: Ponla por escrito, y me la envías.

 


 

Sergio Robles Fernández, 19 años, Valencia.

  • Carlos Colomer

    ¡Qué gran historia! Gracias por mostrarnos estas historias que jamás conoceríamos si no fuera vosotros. Gracias Sergio por compartir, me has llegado tío, muy bueno.